martes, 9 de febrero de 2010

Chalco: siglo veintiuno


Alejandro Rozado


James Joyce decía –a través de uno de los personajes de su obra teatral Exiliados- que después de su muerte le gustaría que lo recordaran con una estatua en su honor que lo expusiera de cuerpo entero, con la mano levantada a la altura de la frente y con la palma hacia abajo en forma de visera, mirando aparentemente el horizonte, y que al pie de la estatua figurase un epitafio que dijese: En mis tiempos, la mierda llegaba hasta aquí… Pero el autor del Ulysses jamás se imaginó que menos de un siglo después eso precisamente ocurriría, sin metáfora, en un lejano país llamado México.

En junio del año 2000, los habitantes del municipio mexiquense de Valle de Chalco –conurbado al oriente de la Ciudad de México- vivieron una de las más indeseables humillaciones sociales que se pudiesen concebir: con las primeras lluvias intensas del nuevo siglo se reventó el caudaloso canal de aguas negras llamado La Compañía, e inundó con su peste e inefable horror colonias enteras, calle por calle, casa por casa, recámara a recámara, a niveles que alcanzaron los dos metros de altura. Difícil será que se borre de mi mente una imagen televisiva de un noticiero de aquellos días: un vecino de Chalco nadaba, manoteando con dificultad, en un nauseabundo estanque de agua con caca en que se había convertido la calle de su domicilio.

Tras el cenagal que dejó miles de damnificados, las autoridades de la Conagua anunciaron el entubamiento “urgente” de las inmundicias de semejante canal del horror. Sin embargo, una década después se repitió la misma tragedia: el canal volvió a reventar con las lluvias recientes y anegó otra vez de residuos fecales la misma zona habitacional (por supuesto que el director de la Conagua anunció de nuevo que el entubamiento “ya casi” estaba listo). La negligencia de la “nueva” burocracia gubernamental panista obedece a criterios empresariales muy claros: la inversión pública en la pobreza es la peor inversión.

Pero también hay criterios nefastos respecto de las aguas residuales de nuestra civilización compartidos por todas las “fuerzas del progreso”, independientemente del signo ideológico que ostenten, en el sentido de tolerar la inmensidad del desperdicio por contaminación y por falta de plantas de tratamiento adecuadas. La vastedad del fenómeno hace que rebasemos cualquier noción del “sano desequilibrio” de la entropía y la negentropía en este sistema descomunal que nos devora. Lejos estamos de poder afirmar, como Víctor Hugo, que “la mierda de París sería el oro de Francia”. En México, la mierda de las grandes urbes se vuelve contra sus pobladores condicionándoles indescriptibles tragedias.

Tal es el caso de otro lugar espantoso al norte de la capital: el abominable Río de los Remedios, que divide al Distrito Federal de los municipios mexiquenses de Tlalnepantla y Ecatepec. Ahí, el espectáculo de la cloaca es adicionalmente siniestro, pues se trata de un cauce de histórica tradición criminal: el destino último de cadáveres arrojados regularmente por el asesinato cotidiano a cargo de delincuentes y policías por igual. El puente por el que atraviesa la carretera sobre dicho río es conocido con el lúgubre nombre de Puente Negro; es un lugar en donde –durante la “guerra sucia”- nos dábamos cita los jóvenes comunistas para organizar nuestras actividades clandestinas de proselitismo obrero -también donde se encontraban las bandas de criminales y de policías para negociar el saqueo de los civiles. Los asesinatos del Puente Negro sólo podían corresponderse con la degradación en la calidad de vida de los pobladores de la ribera pestilente de Los Remedios; el arrastre de sus líquidos, contaminados por los desechos de la zona más poblada e industrial del país, son un peligro permanente para las colonias aledañas. Con las mismas lluvias invernales que acaban de suscitar la tragedia de Valle de Chalco, este río macabro también se desbordó inundando de desgracias a pobladores que desde hace años me decían que, en vez de pagar sus cuotas correspondientes a la regularización de sus propiedades, “se les debería de pagar por vivir en semejante muladar”.

Toda esta Venecia a la mexicana, surgida en una sola noche de espanto para miles de familias desfavorecidas, traza el rostro verdadero de la ironía que vive México. Una ironía que va más allá de aquel viejo chiste en que un tipo baja al infierno, y el diablo le asigna la cámara de los torturados en un mar de mierda que les llega hasta arribita del cuello, de tal modo que los pecadores procuran quedarse quietos para “no hacer olas”. Aquí la ironía hace que los pecadores merezcan esos indescriptibles tormentos simplemente por ser pobres y tener que vivir a lo largo del inmenso intestino grueso de la metrópoli, condenados a no hacer olas so pena de padecer la represión de las fuerzas del nuevo orden.

En un futuro, los niños de Chalco, Tlalnepantla, Ecatepec y demás zonas afectadas por el desastre, niños infectados por una inmundicia que nunca eligieron respirar, podrán decir, como Joyce: “en mis tiempos la mierda llegaba hasta aquí”. Pero ojalá también que esos niños convertidos en adultos sean hombres forjados en la adversidad que hayan levantado grandes olas de protesta y recuperado la dignidad que la civilización les regateó sistemáticamente.


7 de febrero, 2010.

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