lunes, 17 de diciembre de 2012

Una gata azul birmano (poesía felina)


Alejandro Rozado


Llegó una tarde lluviosa a la puerta de mi consultorio. Entró como si nada, muy seria ella, con un maullido discreto a guisa de saludo. Una especie de "ya vine" cotidiano que fue dejando chispas bajo el paso cadencioso de alguien sin duda elegante. Echó un vistazo al aposento, checó lo mullido de los sillones y decidió quedarse. Extendió su larga cola sobre el tapete azul y posó su altiva figura para la admiración intemporal que emanaba ya de mis ojos. Después de tan honroso gesto hacia mí -y hacia todas aquellas generaciones humanas que a través mío la miraban-, me permitió admirar su pelaje gris humo, brillante, femenino; más tarde colocó sus inasibles ojos amarillos sobre mi miseria, como preguntándome: "¿Qué?, ¿acaso necesito presentación?"... Decidí llamarla Mata-Hari.

Después de esta primera impresión, y tras diez años, la cosa no ha cambiado; me refiero a la relación aristocrática que la gata propone con eficacia en su derredor: nos mira "desde la altura de su imperio". Recuerdo las palabras de un paciente que es biólogo experto en zoología: "no hay gato corriente; todos son finos". Y sí, tiene hábitos de reina, como exigir que siempre la acompañen a comer o cagarse sobre las colchas de las camas si no he tenido el tiempo de cambiarle su arena; también trató con desprecio a nuestra difunta perrita, ansiosa de jugar con ella todo el tiempo.
Es el espíritu familiar del lugar;
juzga, preside, inspira (...)

Pero nos fascina en casa. Aporta unas cuantas gotas de erotismo sobre nuestras vidas ajetreadas, a la manera en que Baudelaire lo describía:
Ven, mi bello gato, a mi corazón amoroso;
recoge las uñas de tus patas
y deja que me hunda en tus bellos ojos,
mezcla de metal y de ágata,

mientras mis dedos peinan suavemente
tu cabeza y tu elástico lomo,
y mi mano se embriaga con el placer
de palpar tu eléctrico cuerpo (...)

Ver a Mata-Hari es de verdad un privilegio en todo momento; pero acariciarla es experiencia mayor en un mortal: es tocar una deidad egipcia recostada en tu regazo.

La doctora veterinaria nos confirmó su pedigreé: "Es una gata azul birmano", dijo. De tal nobleza oriental se ha desprendido que es también excelente compañera de estudio: le agradezco su infinito silencio que suele guardar en mi biblioteca mientras trabajo; se mueve con sigilo entre los libros; se sube de un brinco a mi escritorio y se recuesta de lado, con la cabeza erguida y la cola colgando con majestad, arrullándse con los sonidos de mi caligrafía sobre un cuaderno de apuntes. Entonces ambos alcanzamos un nivel, de lo que se diría el estar, en que el reconocimiento mutuo "no necesita de palabras".

Reza un conocido proverbio chino que la historia de la humanidad es el sueño de un gato, lo cual es harto sugerente. La Mata-Hari reposa siestas de muchas y, sobre todo, profundísimas horas. En verdad pareciera que al dormir ejerciera un mágico dominio sobre nuestras vigilias; un poder céntrico que ejecuta con indiferencia desde algún cojín incidental. Su sueño es como una emigración lejana que no se despega de aquí, de la cotidianidad de un patio o de la familiaridad de una cocina. Al propósito, Eliseo Diego dice:
El gato duerme en la cocina
mientras la lluvia corre afuera.
Cien y mil años de penumbra.
La tarde sólo un soplo, afuera.

El gato duerme desde cuándo,
la lluvia es otra y otra, afuera.
El gato en paz, en paz el sueño,
y el agua hacia el mar
                                -afuera.

Además, tengo la certeza de que a mi gata le gusta el blues. Cuando de pronto se pone nerviosa y no está a gusto en ningún lugar, he descubierto que se sosiega inmediatamente en cuanto pongo un disco de Willie Dixon o de Lightnin' Hopkins. Hasta creo haberla sorprendido llevando el ritmo con su patita derecha.


Guadalajara, diciembre de 2012.

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