domingo, 20 de septiembre de 2009

Alí Chumacero: poeta del morir (breve ensayo y selección de poemas)


Alejandro Rozado

El más estoico de los poetas mexicanos, Alí Chumacero, plasma su rigor expresivo alrededor de la vida terminal. El morir, más que su tema “preferido”, pareciera ser una condena impuesta por los tiempos. ¿O será acaso mera coincidencia histórica que sus primeros poemas, ya mortuorios, coincidan con el fin de la peor de las guerras jamás concebidas?

Alí Chumacero es un poeta en perpetua agonía. Buena parte de su obra es un atento empeño tanatológico; una aproximación interminable hacia el suspiro final. Su tema no es precisamente la muerte sino el morir, su honda fascinación por expirar. Paradójicamente, el poeta (Acaponeta, 1918) cumplió recientemente noventa años de edad. No sería extraño pensar que su vida también se extienda en un prolongado monólogo de cara a la muerte. A veces –muy pocas- ésta le responde, pero el intercambio no se eleva a categoría de diálogo, precisamente porque la muerte en sí carece de misterio para el poeta. Los paralelismos poéticos de tan estoico hombre de nuestras letras con el derrotero de la vida contemporánea, hacen de Chumacero algo más que un testigo involuntario del siglo veinte: lo convierten en uno de sus oscuros confesores. A través de sus versos, el rumor de nuestra desolación definitiva se revela a sí mismo.

De musicalidad grave, su obra es como una espléndida colección de piezas para cello –con frecuencia monocordes-, sin espectaculares saltos de escala ni gran colorido tonal. Despojados de luminosidad musical (a diferencia de Villaurrutia, su maestro), podría decirse que sus poemas son de una muerte sin sonetos, una realidad murmural, como un océano sin oleaje, un sonido en el que la prevalencia de las vocales fuertes subrayan su inclinación antimelódica. En el inframundo de las tumbas no hay música, sólo sordos rumores.

En la agonía, el cuerpo mismo es ya nuestro propio sepulcro. El poeta quiere percibir la paulatina invasión mortal en la navegación de la sangre y los últimos golpes de resistencia antes de la anegación definitiva. Incluso concediendo la apreciación de importantes críticos, en el sentido de que la obra de Chumacero se ve estremecida por la mujer amada, ella es a menudo incluida en la perspectiva del fenecimiento: “(…) la mujer que sonríe / y sobre el lecho se nos vuelve / cadáver mutilado en el recuerdo…”. La poesía de Chumacero no es precisamente fúnebre sino forense –lo que lo distancia del torrente romántico.

Poesía también sin imagen. El autor se asemeja a un pez ciego que habita en el fondo abismal del océano y que, sin embargo, respira, nada, se alimenta y, en definitiva, vive. Si no hay imágenes ni musicalidad, entonces todo es profundo (subterráneo o submarino). En otras palabras, la agonía poética de Chumacero no es vista ni oída sino sentida. Porque percibir la inminencia de la muerte no es un acto visual ni el resultado de una audición del mundo. Es un tanteo de nociones contusas, sin metáfora.

Ni siquiera en sus últimos poemas, a pesar de que exhiben un mayor sentido prosódico, y por ello más vitalidad, la imagen se recupera. Fundamentalmente porque el poeta canceló las salidas perceptuales; sus poemas no describen la realidad “exterior” –al autor no le interesa- sino el “adentro”. Y para ello no requiere tanto el empleo de sustantivos, a menos que sean nociones de lo interno, tales como “pensamiento”, “sueño”, “deseo”, “movimiento”… Más en la tradición de Novalis (“el camino va hacia el interior”), Alí Chumacero es hermético pero sin la retórica de un Góngora. Su poesía avanza incesantemente en una realidad apagada, como de piedras-poemas que alguna vez ardieron incandescentes.

Escritura contemporánea a la de Rulfo (a quien, por cierto, el poeta le cuidó la edición primera de Pedro Páramo cuando trabajaba para el Fondo de Cultura Económica), también es brevísima como la del narrador jalisciense. Sólo publicó tres poemarios: Páramo de sueños (1944), Imágenes desterradas (1948) y Palabras en reposo (1956).

Para recordar sus 90 años de vida, seleccionamos aquí una brevísima muestra de su primer libro (Páramo de sueños), en donde el poeta mexicano, a su entonces joven edad, exponía ya con rigor la estructura pedernal de sus versos y la concepción agónica de su quehacer literario.


Espejo de zozobra


Me miro frente a mí, rendido,
escuchando latir mi propia sangre,
con la atención desnuda
del que espera encontrarse en un espejo
o en el fondo del agua
cuando, tendiendo el cuerpo, ve acercarse
su sombra, lenta e inclinada,
a la suprema conjunción
de dos pulsos perdidos en sí mismos,
como doble sueño o palabra
inserta en eco hasta llegar
a la primera orilla del silencio.
En espejo de sueños estoy junto a mí mismo
y mi imagen se asoma alargando los brazos,
buscando asir lo inasidero,
lo que dentro de mí resuena
como sombra apresada en las tinieblas
que quisiera hallar una luz
para poder nacer.
Estoy junto a la sombra que proyecta mi sombra,
dentro de mí, sitiado,
intacto, descansando leve
sobre mi propia forma: mi agonía,
y en vano quiero ya cerrar los ojos,
dejar los brazos a su propio peso
o que el agua del silencio lave mi cuerpo,
pues ya mi sueño frente a mí me nombra,
ya destroza el espejo en que se guarda
y reclina su voz entre la mía:
ya estoy frente a la muerte.



Muerte del hombre


Si acaso el ángel desplegara
la sábana final de mi agonía
y levantara el sueño que me diste, oh vida,
un sueño como ave perdida entre la niebla,
igual al pez que no comprende
la ola en que navega
o el peligro cercano con las redes;
si acaso el ángel frente a mí dijera
la última palabra,
la decisión mortal de mi destino
y plegando las alas junto a mi cuerpo hablara,
como cuando el rocío desciende lento hacia la rosa
al dar el primer paso la mañana,
ya miraría en mi sangre
el negro navegar, la noche incierta,
el pájaro que sufre sin sus alas
y la más grave lentitud: la muerte.

Aun cerca de la íntima agonía
estás, oh muerte, clara como espejo;
más abierta que el mar,
más segura que el aire que entró por la ventana,
más mía y más ajena
por mi sangre y mis brazos
en esta soledad.

Estás tan fértil como niño
que, angustiado, llora antes de ser,
entre la sangre siendo
y por la piel más vivo que la piel;
te llevo como árbol, tierra y cauce,
y eres la savia pura,
la flor, la espuma y la sonrisa,
eres el sér que por mi sangre es
como la estrella última del cielo.

Si acaso el ángel sigiloso
abriera la ventana de mi sangre,
te miraría salir interminablemente
como un tiempo cansado
hacia su sombra vuelto,
como quien frente al mundo se pregunta:
“¿En qué lugar está mi soledad?”

Si acaso el ángel me mirara,
abierta ya la niebla de mi carne,
sin nubes, sin estrellas,
sin tiempo en que mecer la luz de mi agonía,
encontraría sólo a ti, oh muerte,
llevándome a tu lado, fiel;
te encontraría tan sola a ti, sin mí,
ya sin cuerpo ni voz,
sin angustia ni sueños,
te hallara entonces pura, oh muerte mía.



Anestesia final


La muerte bajo el agua
y la noche navega lentamente.
Herida va mi sangre,
más ligera que el sueño
y el despertar sediento del inicial recuerdo.
Una mortal navegación a oscuras,
marítimo dolor, cristal amargo;
un estar descendiendo
sin encontrarse asido,
como un río que fuera de los pies a las manos
junto al sopor nocturno;
un tornar las cortinas de la sangre,
la boca atropellada de silencios,
como si labios húmedos
cayeran en mi huella
deletreando ausencia entre las manos.
¿Quién asciende hasta el último suspiro?
¿Quién bebe la cicuta del agua entre la muerte?
¿Quién destroza el silencio?
¿Quién en silencio vive?

Dejo flotar mi piel
a través del cristal en que me ahogo
como espejo en la noche,
más delgada mi sangre y mis nervios al aire:
esfuerzo que me hunde en lo destruido,
voraz calor que me devora.
El sonido, ah cómo sabe a río,
urdido como estrellas apenas presentidas,
resbala por la piel de mis espaldas
cuando descubro, trunco,
el tallo derrotado en que me creo;
su beso es el comienzo de la muerte,
el negro navegar
y la escala sin brazos.
Me hundo en un océano de yodo;
sabor de invierno lecho en selva de mi carne,
cazadora nocturna, que herida ya en su forma
descúbrese en dolor adormecida.
Así me voy perdiendo cercado en mis contornos,
cercano a mi silencio
cuando navego en aguas de la muerte.



Septiembre, 2008.

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