miércoles, 30 de septiembre de 2009

Fenomenología del olvido


Alejandro Rozado


El olvido es uno de los vértices de nuestra era senil. El requiebro de la sinapsis social y cotidiana, íntima y pública. El papeleo o el trámite, el canje de hechos y situaciones que complican la vida especializada y nos arrojan a recuadros con reglamentos específicos para poder avanzar hacia otros niveles igual de ambiguos que los anteriores, ese es el ámbito de cierto olvido exasperante. Pero uno de los olvidos más preocupantes del hombre decadente es la pérdida del memento interior: esa estadística personal de registros vitales (fechas, números telefónicos, datos biográficos, nombres de directores de películas preferidas, de jugadores que arruinaron nuestra infancia, etc.). Los datos duros se desvanecen y, con ello, la idea de una historia personal. La vaguedad de nuestro pasado se confunde con la disolución de la conciencia histórica de una nación o de toda una civilización.

La desmemoria es una especie de sombra blanca, un libro sin palabras, una pantalla vacía. Una entidad sin perfiles cada vez más crónica que se alterna con intervalos de entretenimiento e información banal. La desmemoria es una invasión de múltiples mecanismos pequeños y precisos que literalmente nos desviven. El contrasentido de la interrupción sistemática, ininterrumpida -por decirlo así-, es ya una forma veloz del des-vivir. ¿Acaso no nos pasa a todos? A través de los intersticios del olvido se precipita toda una existencia, la cual hay que reconstruir por fragmentos una y otra vez, hasta quedar nuestra referencia del sí mismo convertida en jirones de imágenes sin relato. La edición imposible. Y sin embargo, esta precipitación de la realidad es casi palpable; la vivimos aquí: en este instante de incandescencia dudosa, en que se escapa lo que estaba tratando de articular, la lectura que ya no voy a continuar, las ideas que sólo boceté. Orfeo titubea un instante en su ascenso del Averno mientras su esposa Eurídice se desvanece para siempre. Todos tenemos un Tulyehualco en la cabeza: un basurero gigantesco adonde arrojamos sin discriminación lo útil y lo inservible, un depósito de existencias personales que nunca más se vuelve a estructurar -a diferencia del inconsciente. La historia es un tiradero de materiales difíciles de reciclar. Qué grandes se antojan aquellos tiempos en que el tedio campeaba dominante sobre nuestras ruines existencias; ahora la desmemoria se encarga de nulificar toda sustancia susceptible de construir algo.

¿La crisis de olvido que padecemos tendrá que ver con el desinterés superlativo por la novela? La fuerza de ésta radicaba en sus diálogos, en la lentitud didáctica para expresar un sentimiento profundo, en el tiempo que se toma un escritor para convencer. En cambio, el monólogo es ahora el único género posible, quizá porque corre más rápido y no intenta comunicarse con el otro; el balbuceo es la forma predilecta de la poesía y de toda otra comunicación. Frente a la fatal desaparición próxima, cada vez es más claro para mí que escribimos perdiendo. Esto explicaría en parte el cada vez mayor desdén por la novela... y mi notable dificultad (c)reciente para leer. Pero si la narrativa ya no dialoga y la poesía se atasca en el soliloquio escuchándose a sí misma, todavía podemos atender a ese gran "silencio mineral" al que nos vamos aproximando. Tal vez sea lo más inédito del momento.

Indagando sobre la fenomenología del olvido en la decadencia, encontré un poema en prosa que tenía guardado de Louis Aragon (surrealista y comunista), de quien Octavio Paz me dijo: "era excelente poeta... un hijo de la chingada, pero excelente poeta". Militante y poeta, pues. Y dice:

"A ese momento en que todo se me escapa, en que se abren inmensas grietas en el palacio del mundo, yo le sacrificaría mi vida, si acaso quisiera durar por tan irrisorio precio. Entonces el espíritu se desprende un poco de la maquinaria humana, entonces no soy ya la bicicleta de mis propios sentidos, la piedra de afilar recuerdos y encuentros."
  

Bello, ¿no? Y algo más: propone un método poético del conocimiento; a saber, la disolución del mundo (la díada sujeto-objeto). Sin embargo, es engañoso... La consagración del instante, siendo mérito propio -aunque no exclusivo- de Occidente, vive el pecado del irreductivismo: "nada es igual, todo es único e irreductible". La consagración del instante es también la consagración de la interrupción como estética y hasta como moral. Pero lo único que puede organizar a tan disímbolos instantes es el sino propio del devenir de las cosas: una trayectoria más o menos inequívoca, una tendencia... un relato mayor. Pasar a ese nivel superior de la percepción, con el método "poético", nos lanza a la morfología de los fenómenos y de los acontecimientos; es decir, a la comparación analógica, a las diferencias de Bateson, al historicismo que reorganiza el mundo en una decadencia con sentido y no se engolosina en el mero "desarreglo de los sentidos" que tanto ha atrapado a los poetas vanguardistas.


Octubre, 2009.

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